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No está tipificada como trastorno y eso dificulta su tratamiento.

Al despertarnos, mientras desayunamos, mientras viajamos en el transporte público, durante una comida y antes de dormir ¿Somos incapaces de vivir sin nuestros smartphones? Parecen haberse convertido en una extensión más de nuestro cuerpo y no tenerlos con nosotros puede llevarnos a un estado de nervios.

 

 

Para una gran mayoría es una adicción. Grupos de amigos que quedan a cenar y nadie despega la vista del celular, visitar lugares a través de la cámara del teléfono en vez de admirar el paisaje con nuestros ojos, o la imposibilidad de realizar tareas cotidianas.

 

 

Esta dependencia extrema no es un trastorno tipificado y eso dificulta su tratamiento, señala la Dominica Díez Marcet, psicóloga clínica responsable de la Unidad de Juego Patológico y Otras Adicciones No Tóxicas de la División de Salud Mental (Fundació Althaia) y miembro del Colegio Oficial de Psicología de Cataluña.

 

 

A pesar de que suponga un obstáculo de cara a desarrollar terapias para aquellos que la sufren, la experta asegura que comparte una serie de características con otras adicciones.

 

  1. Dependencia psicológica. Cuando te quedás sin teléfono o estás en una reunión en el trabajo y no podés mirarlo empezás a experimentar ansiedad (también conocido como craving). No podés soportarlo más y ya no sos capaz de pensar en otra cosa, hasta tal punto que estás de malhumor e irritado. En los casos más extremos incluso se puede llegar a perder el control. 
  2. Cada vez consume más tiempo. Díez Marcet asegura que la adicción no es tanto al teléfono en sí, sino a todas las aplicaciones que nos ofrece. “Si tuviéramos un celular que únicamente sirviera para llamar, no estaríamos hablando ya del tema”, asegura. Todas estas prestaciones (juegos, redes sociales, información) cada vez nos roban más tiempo de otras tareas como el trabajo o incluso prestar atención a quienes nos rodean.
  3. Síndrome de abstinencia. ¡Oh no! Dejaste el smartphone en casa y sufrís un estado emocional desagradable que incluso se puede manifestar con síntomas físicos. En este caso, existe un término anglosajón llamado nomofobia (no-mobil-phone phobia).
  4. Distorsiones cognitivas. Lo negás hasta la muerte, vos sos adicto al celular, ¿verdad? Se trata de toda esa sarta de autoengaños para no reconocer el problema.
  5. Conflictos con tu entorno. Nuestra familia, amigos o jefe se quejan del uso desmesurado y la atención obsesiva que le dedicamos.
  6. La recaída. Pueden existir épocas mejores, pero entonces volvemos a recaer en una dependencia igual o mayor que en el pasado.

 

 

Las razones de la dependencia

 

Suena un zumbido, se enciende la luz y aparece una nueva notificación en la pantalla, ¿será un mail de trabajo o quizás uno de mis diez grupos de Whatsapp? Si en ese momento no podemos “chequearlo” nos ponemos muy nerviosos, aunque a veces no es necesario que nos llegue un aviso para que lo miremos de forma incesante y compulsiva. Pero, ¿por qué sucede esto, de donde nace esta obsesión?

 

 

La curiosidad es uno de los puntos clave. “Es nuestra motivación intrínseca que subyace al deseo de recibir un mensaje interesante o atractivo. Un proceso similar al que se da en el juego patológico. La expectativa de “premio” o “ganancia” mantiene la conducta de seguir apostando. Se activa el mecanismo de recompensa del cerebro, opina la psicóloga clínica.

 

 

Por otro lado, está el refuerzo intermitente. El cerebro segrega dopamina, neurotransmisor vinculado al placer, que nos genera mayor adicción o enganche. Esta liberación de dopamina ya se produce antes de que recibamos un mensaje por Whatsapp o por correo electrónico. Al final, automatizamos como un hábito el “mirar el teléfono de manera compulsiva en busca de un nuevo estímulo”.

 

 

¿Existe un tratamiento a esta adicción?

 

Para acabar con este problema lo primero es “matar el hábito”. La experta propone como terapia escribir un texto en el que la persona exponga y reflexione “en qué tareas está interfiriendo en su vida diaria”. Después debemos “conectar con la intención de cambio” y tratar de restringir y controlar su uso a lo largo de una jornada sin que sea él el que nos controle.

 

Es fundamental que aceptemos que no podemos disponer del celular en todo momento y crear un compromiso propio en la búsqueda de un uso saludable. En los casos más extremos deberemos acudir a un especialista. Díez Marcet propone algunas preguntas que pueden ser útiles para una autoevaluación.

 

  • ¿Quiero estar disponible para otras personas de forma continua?
  • Y los demás, ¿tienen que estar disponibles siempre?
  • ¿Cómo me siento cuando estoy con alguien que está chateando continuamente?
  • ¿Mi uso del teléfono me quita tiempo para hacer otras cosas?
  • ¿En qué situaciones lo miro?
  • ¿Soy consciente de qué emociones hacen que lo mire más?
  • ¿Qué puedo hacer para cuidar más de mí mismo en vez de mirarlo sin parar?
  • ¿En qué situaciones cotidianas debo dejar de usarlo: comidas, estar con hijos, familia, amigos?
  • Por el contrario, ¿en qué momento sí lo puedo usar?

 

 

Otros consejos para hacer un uso saludable

  • Desinstalar algunas aplicaciones que consideremos que nos hacen perder el tiempo (como juegos).
  • No utilizarlo en las comidas.
  • Silenciar las notificaciones.
  • Establecer horas determinadas para consultarlo, incluso podemos poner una alarma que nos avise.
  • Nunca mirarlo si estamos charlando, comiendo, compartiendo ocio con otras personas.
  • No usarlo como despertador, ya que puede interferir en nuestro ciclo de sueño.
  • Cargarlo fuera del dormitorio.
  • Por supuesto, no mirarlo cuando se conduce.

 

 

 

Niños y adolescentes: el grupo de mayor riesgo

 

Debido a que las generaciones más jóvenes crecieron en una sociedad tecnológica, son nativos digitales y el grupo más susceptible de sufrir este tipo de patologías. Frases como “dejalo, están todos igual”, no ayudan. Deben ser los propios adultos los que den un ejemplo de conducta y cuidar que no se excedan ciertos límites.

 

 

La experta da algunos consejos para que no derive en un problema real:

  • No disponer del teléfono cuando realizan los deberes o estudian.
  • Comidas familiares sin celular ni otras pantallas para facilitar la comunicación.
  • Garantizar que las aplicaciones sean adecuadas a la edad del niño (juegos, aplicaciones…).
  • Transmitir el concepto de privacidad y hacer reflexionar sobre el uso de la cámara.
  • Fijar una hora máxima de uso.
  • Nunca usarlo una hora antes de ir a dormir. Ni celular, ni tablets o computadora para favorecer la buena conciliación del sueño.
  • Cargarlo fuera de la habitación.
  • Utilizar un despertador, no el celular.
  • Desconectar el WI-FI de noche para evitar la exposición a campos electromagnéticos.
  • Condicionar el pago del celular y su mantenimiento al buen cumplimiento de las tareas académicas y domésticas.
  • Animarlos y acompañarlos a hacer actividades al aire libre sin presencia del celular.
  • En general, no proporcionar un teléfono a un menor de 12 años.
  • Durante los primeros años es mejor que sólo tenga conexión a Internet si hay WI-FI.
  • Es preferible un plan de cuota fija para facilitar el autocontrol.

 

 

“La baja autoestima, la impulsividad y la introversión pueden facilitar la pérdida de control sobre el juego o en el uso de las redes sociales. Buscan en el mundo virtual el reconocimiento y éxito no obtenidos en el real. En los juegos de rol, se entra a formar parte de una comunidad o guild donde se consigue una reputación, admiración o estatus social que genera efectos positivos a nivel de autoestima”, explica la experta.

 

 

Aunque las nuevas tecnologías representan un gran avance en muchos niveles, es responsabilidad de los padres estar atentos a ciertas señales y restringir el uso de juegos o redes sociales. “De hecho, en algunos juegos el jugador pierde puntos si sobrepasa un cierto número de horas seguidas”, concluye la psicóloga.







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