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Cruzó la frontera con cocaína para pagar la quimioterapia de su hijo

Claudia es oriunda de Bolivia. Fernando, su hijo de 13, fue diagnosticado con cáncer. Necesitaban plata para el tratamiento y ella decidió pasar cocaína para Argentina. Está presa hace un año y quiere ver al nene por última vez

Nacionales 11-10-2018 15:10:34

La vida de Claudia S.E. se convirtió en el último año en un remolino demencial. Un día de septiembre de 2017, una médica de Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, le anunció que el dolor en la pierna derecha de uno de sus hijos no lo había causado un golpe recibido en un partido de fútbol tal como pensaban, sino algo mucho peor: un tumor dentro de un hueso que crecía demasiado rápido.

 

Los pediatras oncólogos le avisaron a Claudia que había que comenzar la quimioterapia inmediatamente para intentar que Fernando, de 13 años, no perdiera su pierna. Claudia, madre de otros dos chicos y embarazada de dos meses, trabajaba como empleada de limpieza en casas de su ciudad, Montero, a 50 kilómetros de Santa Cruz, y no tenía dinero para pagar el tratamiento, en un país donde la salud pública no es gratuita, aunque el presidente Evo Morales anunció que lo será a partir de 2019.

 

Creyó que de la única forma que podría costearlo era si se sometía a las reglas del cruel pero redituable negocio narco. Claudia entonces aceptó cruzar la frontera hacia Argentina. Lo hizo con un bebé en su vientre y dos valijas con poco más de un kilo de cocaína escondida en un doble fondo. Llegó hasta la ciudad salteña de Orán y allí tomó un remise con destino a General Güemes. El puerto final era el barrio de Liniers, en Buenos Aires. Cuando entregara el paquete, recibiría 500 dólares.

 

Esa era la promesa de sus explotadores. Pero Claudia fue descubierta. El 27 de octubre del año pasado, a las 21:20, en el kilómetro 1.212 de la ruta nacional 34, cerca de la ciudad jujeña de Ledesma, el remise en el que viajaba fue interceptado por Gendarmería Nacional.

 

Cuando los agentes leyeron el nombre de la mujer recordaron que varios meses antes habían agarrado a un hombre con el mismo apellido. Eso les generó sospechas. Un perro de la fuerza llamado Gamal empezó a rascar con sus garras el equipaje que llevaba Claudia, que estaba nuevo y, según consta en el expediente, "presentaba anomalías en sus tornillos". Los agentes descubrieron 40 paquetes de cocaína por un peso de 1.160,60 gramos.

 

Desde hace un año, la mujer de 33 años está presa en el penal de Güemes, en Salta.Como consecuencia de la detención de su mamá su hijo se deprimió y abandonó durante tres meses el tratamiento. Recién lo retomó en marzo de este año, pero ya era demasiado tarde. Con el fin de frenar la metástasis los médicos le amputaron la pierna. Sin embargo, pocas semanas después le avisaron a la madre de Claudia, que lo cuida, que la enfermedad era terminal.

 

Ayer miércoles Fernando se pasó llorando todo el día. "Pidió irse a su casa y morir allí", comunicó su médica a los defensores oficiales de la madre. "Es un caso humanitario.Hay mujeres que entran a Argentina, ni siquiera hablan español, no tienen plata para nada. Migraciones las deja pasar y a los 20 metros las agarran. Las tienen dos años, las mujeres nunca terminan de entender qué le pasó", insisten los abogados.

 

"Es una tristeza ver a este niño en estas condiciones, ellos son muy pobres. Lamentablemente en esta etapa de su tratamiento está en condiciones muy malas, está a días de irse y hubiera sido muy lindo que pudiera ver a la mamá. Es una situación humanitaria, es un dolor ver que el niño solo espera ver a la mamá y sería muy bueno poder juntarlos de alguna forma", dijo a este medio desde Santa Cruz de la Sierra la médica del chico.

 

Claudia dice a Infobae que haría cualquier cosa por la vida de su hijo. "No sé, me vine,estaba desesperada, no sabía qué hacer, tenía que empezar su quimioterapia. Es la única solución que tenía, sabía hacer limpieza, no me alcanzaba la plata y necesitaba 1000 pesos bolivianos (unos 5500 pesos argentinos) para la internación y los medicamentos", relata la mujer.

 

De fondo se escucha la voz de Sheila Jazmín, la beba que aún no conoce la libertad, y más atrás, el ruido de la cotidianidad en una cárcel, un sonido pesado, metálico y frío.Claudia acerca la boca al micrófono del teléfono, y entonces dice su última frase, en un tono que es mucho más que una súplica.

 

No hay una palabra que pueda definir la forma en que pide Claudia que la dejen ver a su hijo por última vez. Es un quejido, un reclamo, un ruego, un canto triste, el susurro de un alma extirpada de su cuerpo: "Por favor dejen que esté con mi hijito, él me necesita a mí. La doctora me dijo que no se puede hacer nada. Me gustaría estar con él. Quiero que me digan si sí o si no, si es no, voy a hacer mi duelo".


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